martes, 4 de octubre de 2016

El velo de la noche



La salida tenía que estar en alguna parte del otro lado de la bruma, pero sus ojos enceguecidos miraban sin ver la densidad confusa que la rodeaba. Quería moverse pero su cuerpo no respondía a ningún impulso básico excepto a tres: Latir. Respirar. No cerrar los ojos. La última era la única orden consciente de su cerebro que parecía capaz de obedecer, dominada como estaba por un temor primitivo a la nada espesa en la que se hallaba.


No podía despegar los pies del suelo duro que se extendía fuera de su campo de visión, y sin embargo sentía en la piel y en las entrañas que tenía que correr, protegerse. Algo se movía con sigilo por los pasillos ciegos de ese laberinto sin nombre hallando sin esfuerzo el camino hacia ella (y todo esto ella lo sabía, aunque no podía decir cómo).


Quería gritar pero había perdido la voz en algún lugar entre su pecho y su garganta.


Desde algún punto impreciso de su entorno le llegó un sonido como de olas rompiendo contra una orilla y una ráfaga de aroma a sal atravesó la espesura y le inundó la nariz. La sombra que la buscaba se detuvo un instante (de alguna manera lo supo). Sin darse cuenta hizo un paso y luego otro, y a lo lejos el mar volvió a golpear en la orilla. Creyó que era libre (pero la niebla no cedía), pero entonces la sombra sin nombre reanudó su marcha a la carrera y se abalanzó sobre ella con un zarpazo certero.


Esta vez el grito sí escapó de sus pulmones.





A Germán lo despertó Lucía sacudiéndose a su lado con violencia entre gritos guturales. No pudo despertarla, pero consiguió calmarla lo suficiente como para que volviese a estarse quieta en la cama, sus gritos transformados en un llanto ahogado. Satisfecho, la besó en la frente y se acomodó para tratar de seguir durmiendo.





Afuera, una sombra merodeaba la noche.

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